Colaboradora: Dra. Viviana Arroyo Veguilla, PharmD Agosto 2026
La hepatitis C (VHC) continúa siendo una de las principales causas de enfermedad hepática crónica a nivel mundial. Sin embargo, el panorama terapéutico actual es radicalmente diferente al de décadas previas. La introducción de los antivirales de acción directa (AAD) ha permitido alcanzar tasas de curación superiores al 95% en la mayoría de los pacientes tratados adecuadamente1. En la actualidad, el reto para el médico ya no es únicamente identificar a las personas infectadas, sino asegurar que completen el tratamiento y alcancen una respuesta virológica sostenida (RVS), considerada la cura funcional de la infección1.
La infección por VHC puede permanecer asintomática durante años. Sin un diagnóstico y tratamientos oportunos, puede progresar a fibrosis hepática, cirrosis, carcinoma hepatocelular, insuficiencia hepática y manifestaciones extrahepáticas que aumentan significativamente la morbimortalidad3. Por esta razón, la detección, la confirmación diagnóstica mediante ARN viral y la vinculación temprana al tratamiento continúan siendo pilares fundamentales de la atención clínica2, 3.
Actualmente, las guías internacionales recomiendan tratar a prácticamente todas las personas con infección crónica por hepatitis C, independientemente del genotipo viral, dado que los regímenes pangenotípicos han simplificado significativamente el manejo y permiten tratamientos más cortos, seguros y efectivos 2, 4.
Entre las alternativas terapéuticas disponibles se encuentran sofosbuvir/velpatasvir (Epclusa®), Harvoni®, Mavyret® y Zepatier®6,7. Estos agentes han demostrado consistentemente tasas elevadas de respuesta virológica sostenida en una amplia variedad de poblaciones, incluyendo pacientes con enfermedad hepática compensada, coinfecciones y múltiples comorbilidades2,4.
Aunque los tratamientos actuales son considerablemente más sencillos que los regímenes basados en interferón utilizados en el pasado, la adherencia continúa siendo un determinante crítico del éxito terapéutico4. La omisión frecuente de dosis, la interrupción prematura del tratamiento o las barreras para completar el seguimiento clínico pueden comprometer la erradicación viral y reducir la probabilidad de alcanzar una RVS4.
La educación del paciente desde la primera visita es esencial. Explicarle que la hepatitis C es una enfermedad curable y que cada dosis contribuye directamente al éxito terapéutico es clave para mejorar significativamente la adherencia y la persistencia al tratamiento4, 5. Para optimizar estos resultados, se debe:
Los AAD poseen un perfil de seguridad favorable y son generalmente bien tolerados1,4. No obstante, algunos pacientes pueden experimentar dolor de cabeza, fatiga, náuseas, insomnio o molestias gastrointestinales durante el tratamiento4.
La aparición de estos síntomas no debe provocar automáticamente la suspensión del tratamiento. Por el contrario, representa una oportunidad para fortalecer la comunicación entre médico y paciente. El abordaje temprano de los efectos adversos, la evaluación de posibles interacciones farmacológicas y el desarrollo conjunto de estrategias para mejorar la tolerabilidad pueden favorecer la continuidad terapéutica y maximizar las probabilidades de curación4,5.
Asimismo, resulta fundamental revisar otros medicamentos que utiliza el paciente como suplementos nutricionales, vitaminas y productos herbales antes de iniciar el tratamiento, dado que ciertas interacciones pueden afectar la eficacia de los AAD o aumentar el riesgo de eventos adversos2,5.
La respuesta virológica sostenida, considerada la cura funcional de la hepatitis C, se asocia con mejores resultados clínicos y una reducción sustancial de las consecuencias a largo plazo de la infección crónica³. Desde una perspectiva de salud pública, cada paciente curado también representa una oportunidad de disminuir la transmisión futura del virus y acercar a los sistemas de salud a las metas establecidas por la Organización Mundial de la Salud1.
La evidencia es clara: la hepatitis C es una enfermedad curable. Sin embargo, la cura no depende solamente de la disponibilidad de tratamientos altamente eficaces, sino también de la capacidad del equipo clínico para promover la adherencia, anticipar barreras, manejar oportunamente los efectos secundarios y acompañar al paciente durante todo el proceso terapéutico. Cuando el médico y el paciente trabajan de manera coordinada, la curación deja de ser una posibilidad para convertirse en un resultado esperado y alcanzable.